1994 y el cine
Recuerdo perfectamente estar sentado en la penumbra del cine viendo Acoso (Disclosure), con Michael Douglas y Demi Moore desfilando por la pantalla, y sentir, justo a mitad de la película, un vacío absoluto, una especie de bostezo en el alma que no tenía nada que ver con el aburrimiento común. Me quedé mirando el despliegue de esa producción lujosa, pulcra y corporativa, y me hice una pregunta que hoy suena a profecía: “¿Dónde diablos están las películas?”.
Lo irónico es que esa cinta es de 1994, el mismo año que hoy veneramos como el "Big Bang" de la modernidad cinematográfica, pero en aquel momento, frente a ese producto prefabricado, sentí que el cine se estaba muriendo de éxito. Ese vacío fue el que me obligó, años después, a volver la vista atrás para entender que lo que pasó en esos doce meses no fue algo normal; fue el año en que el séptimo arte decidió dar un puñetazo sobre la mesa y cambiar las reglas del juego para siempre.
Si 1939 fue la edad de oro del Hollywood clásico, 1994 fue el año en que el cine se puso una chaqueta de cuero gastada, se encendió un cigarrillo sin pedir permiso y nos miró a la cara con una arrogancia que te volaba la cabeza.
Lo que vivimos ese año fue un milagro estadístico que todavía hoy, entre tanto superhéroe de pantalla verde, intentamos descifrar con nostalgia. Fue el momento exacto en que el cine independiente, ese que olía a sudor y a ideas peligrosas, asaltó el mainstream y le robó la cartera a los grandes estudios en su propia cara. La gran explosión, por supuesto, fue Pulp Fiction.
Ver a Quentin Tarantino en pantalla no fue solo ver una película; fue presenciar cómo alguien soltaba una granada de fragmentación en la narrativa convencional. De repente, el orden cronológico nos importaba un bledo, los diálogos sobre hamburguesas en París eran tan fascinantes como un tiroteo en un apartamento de mala muerte y la violencia tenía un ritmo de rock and roll que nos dejó a todos hipnotizados.
Tarantino nos enseñó que se podía ser cínico, cool y profundo al mismo tiempo, rompiendo el molde de lo que esperábamos de una tarde de estreno. Pero es que la magia de 1994 no se detenía ahí; mientras Quentin redefinía lo moderno, Cadena Perpetua (The Shawshank Redemption) nos recordaba lo que era el cine humano, ese que se cocina a fuego lento y se te queda grabado en los huesos décadas después de que se apagan las luces.
Y qué decir de Ed Wood, probablemente lo más honesto que han hecho jamás Johnny Depp y Tim Burton, una carta de amor a los perdedores y a los soñadores que nadie quería ver.
El año tenía una dualidad brutal: tuvimos el noir sucio y extrañamente cariñoso de Léon: El Profesional, que olía al asfalto mojado de Nueva York, y sufrimos con la tragedia real de The Crow, esa elegía gótica que capturó la oscuridad de toda una generación marcada por el grunge. Fue el último suspiro de una era donde las historias originales, y no las franquicias infinitas, eran las que dominaban la conversación en la calle.
Por eso, cuando recuerdo el bostezo que me provocó Acoso, entiendo que ese vacío era necesario para valorar el sabor de un año en el que las películas todavía tenían el valor de ser peligrosas, reales y, sobre todo, humanas, antes de que todo se volviera puro y frío algoritmo.
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