Depeche Mode y Nine Inch Nails
Si seguimos tirando del hilo de Joy Division y de esa frialdad de Martin Hannett, el destino final es, inevitablemente, Trent Reznor. Pero hay que hacer una parada obligatoria en una gasolinera oscura a mitad de camino, porque sin Depeche Mode no habría Nine Inch Nails, así de claro. Reznor estaba obsesionado con ellos, especialmente con la era de Black Celebration.
Mientras otros veían a Depeche como una banda de sintetizadores para las masas, Trent veía el motor de una máquina rota: esa forma de meter ruidos industriales, samples de metal golpeado y una oscuridad emocional que te toca los huesos. Depeche Mode fue quien le dio permiso al rock para tirar las guitarras a la basura y usar los sintetizadores para crear terror.
Para mí, "The Downward Spiral" (1994) es la culminación de esa herencia de Depeche Mode pero pasada por una trituradora de odio y sudor frío. Lo que me vuela la cabeza, y lo que le da un aura de malrollismo real, es el contexto: Reznor se encerró en la casa de Cielo Drive, el sitio exacto donde la familia Manson cometió la masacre de Sharon Tate, para parir esta obra.
No es que fuera una pose de "chico malo" para vender pósteres; es que el tipo necesitaba ese aislamiento y esa carga de oscuridad real para sacar el sonido de la autodestrucción total. Es el hijo bastardo de la melancolía de un Alan Wilder y la psicosis de un tipo que ya no tiene nada que perder.
Musicalmente, este álbum es una genialidad técnica que todavía hoy suena a un futuro que nos da miedo. Reznor tomó el relevo del post-punk y la electrónica europea más dura y los pasó por un filtro de paranoia y distorsión. Lo que me fascina es el uso del contraste: esa forma tan violenta en la que pasa de un silencio sepulcral, casi insoportable, a una explosión de guitarras distorsionadas y sintes abrasivos que te taladran los oídos en temas como "March of the Pigs". Es una montaña rusa de ansiedad pura.
Reznor no buscaba la perfección del pop de radio; buscaba que el oyente se sintiera tan incómodo, tan sucio y tan aislado como él se sentía en ese momento. Es el sonido de la carne chocando contra el metal, una mezcla de texturas orgánicas y digitales que define perfectamente esa estética que tanto nos gusta.
Y luego está "Closer". Es irónico que una canción con un ritmo tan funky y bailable —que de hecho le debe mucho al sentido del ritmo que Depeche perfeccionó en Violator— esconda una letra tan desesperada y autodestructiva. Reznor no está cantando sobre el amor romántico, está gritando sobre el odio a sí mismo y el uso del sexo como una forma de anestesia barata para dejar de sentir el vacío.
Pero el verdadero golpe de gracia, el momento en el que se te caen los pantalones al suelo, es "Hurt". Es la canción definitiva sobre el arrepentimiento y la soledad absoluta. Es tan potente que hasta el mismísimo Johnny Cash tuvo que hacerla suya años después para poder morir en paz, porque entendió que ahí estaba la verdad.
La influencia de este disco es masiva y todavía la estamos pagando. Reznor demostró que se podía ser una de las estrellas de rock más grandes del planeta haciendo música que era, en esencia, insoportable. Metió el ruido industrial en el salón de todas las casas y lo hizo con una elegancia que asusta, la misma elegancia que aprendió escuchando a Gahan y compañía en las noches más oscuras de los 80.
Sin este álbum, el rock de los 90 no habría tenido esa capa de cinismo y suciedad tecnológica que tanto nos gusta. Treinta años después, The Downward Spiral sigue sonando igual de peligroso, igual de podrido y, sobre todo, igual de real. Es la banda sonora de cuando decides que ya no quieres encajar en ninguna parte y que la única salida es seguir bajando.
¿Esta canción es DM o NIN?
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