Mad Season - Above (1995)

Hay discos que podés compartir. Above no es uno de ellos. Es un disco para escuchar solo. No porque sea oscuro —que lo es— sino porque te pone en un lugar donde no hay distracciones posibles. O entrás, o no.

Hablar de Mad Season es meterse en un lugar incómodo. No es una banda para poner de fondo mientras hacés otra cosa. Es más bien como entrar a una habitación donde alguien está diciendo la verdad sin filtros, y vos no sabés bien si querés escuchar.

Siempre me pasó algo raro con Above. No lo descubrí como otros discos de Seattle, que te entran por la energía o por la bronca. Este me agarró más tarde, en otro momento, manejando de noche, con la cabeza en mil cosas. Y ahí entendí que esto no era grunge. Era otra cosa. Más lento. Más pesado. Más honesto.

La historia ya la conocemos: Mike McCready intentando sacar a Layne Staley del pozo, armando una banda con músicos que estuvieran más o menos en eje. Pero lo que salió de ahí no suena a rescate. Suena más bien a alguien que ya dejó de pelear.

Y eso es lo que hace distinto a este disco.

Layne en Alice in Chains te gritaba el dolor. Acá no. Acá lo acepta. Lo mira de frente. En “River of Deceit” tira esa frase —“My pain is self-chosen…”— y no suena a pose, suena a diagnóstico. Como si ya no estuviera buscando salvarse, sino entender en qué momento se perdió.

No sé si eso es más triste o más honesto.

Musicalmente todo ayuda a ese clima. La guitarra de McCready está contenida, casi respetuosa. La base rítmica tiene algo medio hipnótico, medio jazzero, que te va llevando sin apurarte. No hay explosión. Hay caída.

“Wake Up” es probablemente el momento donde todo eso se vuelve insoportable. No porque sea ruidoso, sino porque es demasiado claro. Es alguien hablándose a sí mismo, sabiendo que el tiempo se le está terminando. Y vos, escuchándolo, te sentís medio intruso.

Eso es lo que siempre me pegó de Mad Season: no parece un disco hecho para gustar. Parece un disco hecho porque no quedaba otra.

Por eso también quedó como algo único. No había forma de repetirlo. No era un proyecto, era un momento. Un cruce muy específico entre personas, contexto y dolor.

Treinta años después, lo escucho y me sigue dando la misma sensación: no es un álbum que te acompañe, es un álbum que te enfrenta. Y en esa soledad —que el propio disco te impone— es donde está su verdad.



Comentarios

MAS VISITADAS