Alice Cooper

Si vamos a hablar de quién le enseñó al rock a ser peligroso, teatral y muy ruidoso, hay que arrodillarse ante el amo del terror: Alice Cooper. Hoy en día damos por sentado que una banda puede salir al escenario vestida como si saliera de una pesadilla barata, pero antes de que KISS se pintara la cara, antes de que David Bowie inventara a Ziggy Stardust, y muchísimo antes de que Trent Reznor convirtiera un concierto de Nine Inch Nails en un ritual de autodestrucción industrial, este tipo ya estaba usando guillotinas, boas constrictoras de verdad y camisas de fuerza en directo.

Pero para entender este circo de los horrores hay que ir a los comienzos, cuando Alice Cooper no era solo Vincent Furnier, sino una banda de cinco de un instituto en Phoenix que luego emigraron a Los Ángeles. Al principio se llamaban The Earwigs y The Spiders, pero terminaron adoptando el nombre de una supuesta bruja de Salem. Eran tan ruidosos y caóticos que en Los Ángeles la gente huía de sus conciertos. 

Sin embargo, ese rechazo fue su billete de oro: Frank Zappa los vio, entendió su locura y los fichó para su sello discográfico. Pero el verdadero salto de calidad llegó cuando se mudaron a Detroit, una ciudad industrial que encajaba perfectamente con su ruido, y se cruzaron con el productor Bob Ezrin quien pulió la mugre de la banda y los convirtió en una máquina de precisión quirúrgica, enseñándoles a escribir canciones que podían sonar en la radio sin perder ni un ápice de su peligro.

Ahí es donde arranca su época dorada con una racha de mejores álbumes que son la biblia del hard rock. Primero nos clavaron "Love It to Death" (1971), el disco que los puso en el mapa gracias a "I'm Eighteen", un himno de frustración adolescente que el mismísimo Johnny Rotten usó para audicionar para los Sex Pistols. Ese mismo año sacaron "Killer" (1971), que para mí es su obra maestra más pesada y oscura, un disco sucio y teatral que incluye "Under My Wheels" y la tétrica "Dead Babies". 

Luego llegó el pelotazo comercial de "School's Out" (1972), con ese riff de guitarra que todavía hoy se te pega al cerebro, y la cumbre de su decadencia millonaria: "Billion Dollar Babies" (1973), un álbum donde se burlaban de su propio éxito mientras nos daban canciones perfectas como "No More Mr. Nice Guy". Cuando la banda original se disolvió, Vincent se quedó con el nombre y se marcó en solitario "Welcome to My Nightmare" (1975), demostrando que su teatro de pesadillas personales no dependía de nadie más para seguir vivo.

La influencia de toda esta locura es incalculable. Alice Cooper no solo inventó el shock rock; pavimentó el camino para el punk de los Ramones, el glam metal de los 80 que le robó todo el rímel y el cuero, y el metal teatral de bandas actuales como Ghost, Slipknot o el mismísimo Rob Zombie. 

Ver que en pleno 2026, con casi ochenta tacos a las espaldas, el tipo sigue anunciando giras mundiales masivas, reventando escenarios y metiéndose en festivales de metal extremo, nos da una bofetada de realidad sobre lo que es mantener el peligro vivo sobre las tablas. 

Mientras la música actual de radio parece procesada por un algoritmo desinfectado y sin alma, Alice Cooper sigue siendo ese recordatorio sudoroso y macabro de que el rock, para ser real, tiene que oler a pólvora, a laca y a azufre, demostrando que el teatro del miedo es inmortal y que él sigue manejando la guillotina con una clase que las nuevas generaciones solo pueden soñar con imitar.



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