Las Vegas y el Cine

Si "Goodfellas" (1990) es la película perfecta sobre la mafia del barrio, “Casino” (1995) es su hermana mayor: más brillante, más ruidosa, más compleja y mucho más cruel. Para mí, la forma en que captura la mecánica absoluta de Las Vegas es, sencillamente, impresionante. Pero lo que la hace realmente especial es cómo funciona como un réquiem por una ciudad que ya no existe. No es solo una historia de tipos duros; es un análisis comparativo entre la vieja guardia del crimen y el asalto de las corporaciones. 

Cada detalle, desde los trajes de colores eléctricos de Sam "Ace" Rothstein hasta el brillo cegador de los casinos en el Strip, sirve para mostrar un ecosistema que estaba a punto de extinguirse. Puedes sentir en cada plano esa desesperación y la obsesión que definieron a Las Vegas en los 70: una ciudad construida sobre el dinero de otros, pero donde todavía existía un "código", por muy retorcido que fuera. 

Para entender de dónde viene toda esta locura, hay que retroceder al "Año Cero" con “Bugsy” (1991). Si Casino es el entierro, la película de Barry Levinson es el Génesis. Ver a Warren Beatty interpretar a Bugsy Siegel es fundamental para entender el "porqué" de Las Vegas. Bugsy no reinventó la ciudad por un simple plan de negocios; lo hizo porque tuvo una alucinación psicótica en mitad del desierto de Mojave. En un momento en que la mafia se dedicaba a extorsionar en ciudades grises y húmedas como Nueva York o Chicago, Bugsy miró el calor asfixiante de Nevada y tuvo una revelación: vio el Hotel Flamingo. Su genialidad (y su locura) fue entender que en ese estado el juego era legal y que podía construir un santuario donde el "pecado" fuera el producto principal, lejos del acoso constante de la policía. 

Él inventó el concepto del "resort casino", un oasis de lujo donde los criminales podían ser reyes legítimos. Ese sueño romántico y sangriento fue la primera piedra de un imperio que luego heredaría Michael Corleone en “The Godfather Part II” (1974), quien llevó esa visión de "legitimidad" a un nivel estratégico mucho más frío y corporativo. Scorsese compara esa visión original y salvaje de Bugsy con la frialdad de las corporaciones que terminaron devorando todo. 

En "Casino" vemos a los tipos que dirigen todo el cotarro, los que controlan la logística del "skimming" (el desnatado). Mientras que en Nueva York robaban camiones, en Las Vegas eran dueños del cielo. Pero lo trágico de “Casino” es ver cómo ese mundo de neón, nacido de la fiebre de un gánster visionario, es reemplazado por los contadores y las juntas directivas. Al final, cuando ves demoler los viejos casinos para construir hoteles temáticos que parecen Disneylandia, sientes que algo se perdió. Scorsese nos muestra que, aunque los mafiosos eran brutales, tenían una personalidad que Las Vegas corporativa de hoy, limpia y aburrida, ha borrado por completo. 

Es la misma pérdida de control que Michael Corleone empezó a sentir cuando se dio cuenta de que no podía controlar a su propia familia en el lago Tahoe. Las actuaciones en “Casino” están totalmente fuera de serie. Joe Pesci aquí es una fuerza de la naturaleza; agarra esa energía dinámica y psicótica que ya nos había dejado locos en Raging Bull (1980) y la lleva a alturas que dan miedo. Su personaje, Nicky Santoro, es el símbolo de ese caos que las corporaciones no podían controlar, el último vestigio de la violencia que Bugsy Siegel desató décadas atrás cuando decidió que el desierto era el lugar perfecto para su palacio. 

Lo más increíble es saber que la mayoría de sus conversaciones fueron improvisadas: Scorsese simplemente les decía dónde empezar el diálogo y dónde terminarlo, y el resto era puro genio actoral. Esa naturalidad es lo que hace que sus interacciones se sientan tan jodidamente reales frente a la frialdad de las oficinas donde se decide el futuro de la ciudad. Para mí, esta obra es una clase maestra de dirección, interpretación y narrativa. Es de esas películas que trascienden al propio Scorsese; parece que la cámara tiene vida propia, moviéndose entre las mesas de blackjack y las salas de conteo de dinero con una elegancia que te deja hipnotizado. Es el retrato de un mundo donde todos creen que van a ganar, pero donde la casa siempre, tarde o temprano, se queda con todo. 

Es épica, es violenta y tiene una banda sonora que, como siempre con Marty, es el pulso cardíaco de la cinta. Al final, Casino es el testamento definitivo de un cambio de era: el paso del gánster con estilo y visión al ejecutivo con hoja de cálculo, una película que nos recuerda que, incluso en el infierno, hubo una época donde las reglas las ponían hombres con sueños locos en el desierto, no algoritmos.





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