Halloween (1978)
Cada vez que vuelvo a ver Halloween me sorprende lo mucho que logra con tan poco. Es una de esas películas que uno ya vio mil veces, pero que igual te sigue poniendo incómodo, como si supiera exactamente dónde tocar para que no estés tranquilo. No hay sangre, no hay efectos, no hay monstruos hechos en computadora. Carpenter tenía cuatro pesos, una cámara y una idea clarísima: provocar miedo. Miedo puro. Ese miedo que no viene del susto fácil, sino de la espera, de la sensación de que algo está por pasar, aunque no sepas qué.
Con tan poco te mete en un estado de tensión constante. Desde los primeros minutos, con ese plano secuencial donde vemos todo desde los ojos del asesino, ya te deja claro que no vas a mirar la película: vas a meterte dentro de ella. Esa decisión —de hacernos ver a través de Michael Myers— es un golpe maestro. Te convierte en cómplice, y eso genera una incomodidad que todavía hoy se siente fresca. Te obliga a mirar el mal desde adentro, sin poder escapar.
Michael Myers no es un personaje, es una presencia. No tiene rostro, no habla, no tiene motivaciones. Es simplemente el mal, caminando entre la gente. Y esa máscara blanca —que en realidad era del Capitán Kirk de Star Trek, pintada con látex— terminó siendo una de las cosas más perturbadoras del cine. Porque no expresa nada, y justamente por eso te devuelve tu propio miedo. Lo que ves es lo que proyectás.
Halloween se volvió el molde de todos los slashers porque parecía real. Usaba miedos verdaderos, especialmente los de las mujeres, y los traía a un escenario cotidiano: los suburbios, donde la gente se siente segura. Michael no es un monstruo sobrenatural, es solo un tipo con una máscara, mirando por la ventana durante horas, esperando. Y cuando actúa, lo hace sin apuro, sin drama. Estrangula lentamente a Annie y a Linda, algo que suele pasarse por alto, pero que tiene una lectura fuerte: la violencia íntima, la del entorno cercano. Eso lo hace más aterrador, porque no es un miedo fantástico, sino uno que puede existir en cualquier casa.
También muestra niños en peligro, algo poco común incluso hoy. La escena inicial —ese nene de seis años que mata a su hermana sin razón aparente— sigue siendo brutal, sobre todo para los padres. Y la secuencia del hospital psiquiátrico, con los pacientes deambulando afuera, puede parecer un cliché visto desde hoy, pero en su momento fue una imagen fuerte. Carpenter sabía tocar las fibras más sensibles de lo que nos asusta como sociedad: la idea de que lo “seguro” puede quebrarse en cualquier momento.
Laurie Strode, la “final girl”, interpretada por Jamie Lee Curtis, también marcó un antes y un después. Sobrevive porque está atenta, porque no se distrae, porque representa cierta pureza. El resto muere por andar ocupados en otras cosas: sexo, alcohol, diversión. Esa especie de moral encubierta se volvió regla en el género durante décadas.
Y la música… esa melodía de piano, creada por el propio Carpenter, es probablemente una de las más reconocibles del cine. Dos notas bastan para ponerte en alerta. Es hipnótica, insistente, como si respirara con el asesino.
A esta altura, Halloween más que una película es una lección de cine. Con una fórmula simple —una máscara, un entorno familiar, un acecho lento y una muerte inesperada— logró un terror que sigue vivo. Cada vez que la veo me deja la misma sensación: el miedo más profundo no viene de los monstruos, sino de lo cotidiano cuando se vuelve extraño. Y eso, casi cincuenta años después, sigue siendo imposible de matar.
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Marco el pulso a toda un genero
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