KISS (1974)

Este disco tiene un valor sentimental enorme para mí porque me lo introdujo mi hijo mayor; fue él quien me puso a escucharlo y, desde entonces, no ha dejado de sonar en mi cabeza. 

Si queremos hablar de rock de verdad, hay que dejarse de pavadas y volver a 1974 para ponerle la oreja al primer disco de KISS. Para mí, este álbum no es solo el inicio de una banda; es el nacimiento de un concepto que le voló la cabeza a toda una generación. En un Nueva York que en esa época era un basurero peligroso y lleno de mugre, cuatro tipos —Gene, Paul, Ace y Peter— decidieron que no bastaba con subirse al escenario a tocar; había que ser superhéroes, monstruos y dioses del trueno. 

Este disco es su honestidad cruda. Aunque la producción de Richie Wise y Kenny Kerner era un poco "flaca" y no lograba capturar el estruendo volcánico que la banda tenía en vivo, las canciones que metieron ahí son el ADN puro del hard rock.

Temas como "Deuce", "Strutter" y "Black Diamond" no son solo clásicos; son himnos arquitectónicos. La importancia de este disco es que KISS supo mezclar la urgencia del rock and roll más básico de los 50 con la distorsión y el glam de los 70. Mientras bandas como Led Zeppelin o Pink Floyd se ponían místicas y progresivas, estos tipos te tiraban riffs directos a la mandíbula.

Y ojo a la influencia, porque es incalculable: sin este debut, no existiría el hair metal de los 80, ni bandas como Mötley Crüe, y te aseguro que hasta el grunge de Seattle tendría otro color. No olvidemos que gente como Gene Simmons fue una influencia directa para tipos tan dispares como Mike McCready de Pearl Jam.

Lo que realmente rompió el molde fue la visión estética y comercial. KISS demostró que el rock podía ser un espectáculo total, una experiencia multimedia antes de que nos inventáramos el término. El maquillaje y los trajes no eran un disfraz barato, eran una extensión de su música. 

Canciones como "Cold Gin" o "Firehouse" destilaban esa actitud de calle de unos tipos que querían comerse el mundo y que sabían que el entretenimiento era tan vital como el solo de guitarra. La química entre la voz melódica de Paul Stanley y el gruñido amenazante de Gene Simmons creó una dinámica que pocas bandas han logrado rozar.

Al final, el primer disco de KISS es una clase maestra de cómo escribir canciones efectivas. Es el sonido de la ambición pura grabada en cinta. Aunque en su momento no vendió nada, puso los cimientos de un imperio de merchandising y de una forma de entender el rock como un evento comunal. 

Es un álbum que huele a sudor, a pintura blanca y a la urgencia de unos tipos que sabían que el rock and roll no era solo música, sino una forma de vida. Cincuenta años después, y esos riffs siguen siendo la biblia para cualquiera que quiera colgarse una guitarra y hacer ruido con estilo. Es el "big bang" del rock de estadios, así de claro.

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