Elvis, Bono y The Fly
Siempre me intrigó de dónde salió ese personaje que Bono inventó a comienzos de los 90, The Fly. Durante años parecía una transformación abrupta: ¿cómo el mismo cantante que venía de la épica casi espiritual de los 80 terminaba convertido en una figura oscura, irónica y exagerada? Con el tiempo entendí que no fue un cambio caprichoso, sino una especie de acto de supervivencia artística, y que en el centro de esa mutación estaba la sombra gigantesca de Elvis Presley.
A fines de los 80, U2 corría el riesgo de volverse una caricatura de sí misma: la banda importante, la banda consciente, la banda que cargaba con demasiada seriedad. El problema es que el rock rara vez sobrevive cuando se vuelve solemne. Mientras trabajaban en Achtung Baby, en un Berlín todavía atravesado por la caída del Muro, el grupo empezó a cuestionar todo lo que había construido. Y Bono encontró una salida inesperada mirando hacia atrás, hacia Elvis.
Pero no al Elvis turístico de Graceland, sino al Elvis contradictorio. Por un lado, el del ’68 Comeback Special: vestido de cuero negro, desafiante, casi peligroso, recordándole al mundo que el rock and roll seguía siendo algo físico, sexual y visceral. Por otro, el Elvis de Las Vegas, atrapado en su propio espectáculo, excesivo, brillante y decadente al mismo tiempo. Ese contraste fascinó a Bono porque mostraba algo esencial: una estrella de rock siempre es, en parte, verdad y en parte personaje.
The Fly nace justamente de esa idea. El traje oscuro, las gafas enormes, la actitud arrogante no eran simple teatralidad; eran una reinterpretación del mito de Elvis pasada por el filtro de los años 90, una era dominada por la televisión, la saturación de imágenes y la cultura mediática. Si Elvis había encarnado el nacimiento del ícono moderno, Bono quería explorar qué pasaba cuando ese ícono se multiplicaba y se volvía incontrolable.
En lugar de predicar, The Fly observaba. En lugar de hablar desde la certeza, hablaba desde la ironía. Era un personaje que entendía que el rock también podía ser artificio, ego y exageración. En ese sentido, Bono parecía reconocer algo que Elvis había vivido antes: que la fama no solo te eleva, también te devora. El artista crea al personaje, pero después tiene que convivir con él.
Durante la gira Zoo TV, esa reflexión se volvió espectáculo. Pantallas por todos lados, mensajes contradictorios, ruido visual constante. Bono, convertido en The Fly, se movía como una versión distorsionada del showman clásico, apropiándose de gestos que recordaban a Elvis pero vaciándolos de solemnidad. Ya no se trataba de salvar al mundo desde el escenario, sino de mostrar lo absurdo de intentar hacerlo en una cultura dominada por la imagen.
Pero no al Elvis turístico de Graceland, sino al Elvis contradictorio. Por un lado, el del ’68 Comeback Special: vestido de cuero negro, desafiante, casi peligroso, recordándole al mundo que el rock and roll seguía siendo algo físico, sexual y visceral. Por otro, el Elvis de Las Vegas, atrapado en su propio espectáculo, excesivo, brillante y decadente al mismo tiempo. Ese contraste fascinó a Bono porque mostraba algo esencial: una estrella de rock siempre es, en parte, verdad y en parte personaje.
The Fly nace justamente de esa idea. El traje oscuro, las gafas enormes, la actitud arrogante no eran simple teatralidad; eran una reinterpretación del mito de Elvis pasada por el filtro de los años 90, una era dominada por la televisión, la saturación de imágenes y la cultura mediática. Si Elvis había encarnado el nacimiento del ícono moderno, Bono quería explorar qué pasaba cuando ese ícono se multiplicaba y se volvía incontrolable.
En lugar de predicar, The Fly observaba. En lugar de hablar desde la certeza, hablaba desde la ironía. Era un personaje que entendía que el rock también podía ser artificio, ego y exageración. En ese sentido, Bono parecía reconocer algo que Elvis había vivido antes: que la fama no solo te eleva, también te devora. El artista crea al personaje, pero después tiene que convivir con él.
Durante la gira Zoo TV, esa reflexión se volvió espectáculo. Pantallas por todos lados, mensajes contradictorios, ruido visual constante. Bono, convertido en The Fly, se movía como una versión distorsionada del showman clásico, apropiándose de gestos que recordaban a Elvis pero vaciándolos de solemnidad. Ya no se trataba de salvar al mundo desde el escenario, sino de mostrar lo absurdo de intentar hacerlo en una cultura dominada por la imagen.
Lo interesante es que esa “máscara” terminó devolviéndole humanidad a la banda. Al aceptar la teatralidad, U2 dejó de luchar contra ella. Elvis, décadas antes, había demostrado que el rock podía ser mito y vulnerabilidad al mismo tiempo. Bono tomó esa lección y la llevó a otro contexto histórico.
A veces, para avanzar, un artista necesita dialogar con sus fantasmas. En los 90, el fantasma de Elvis no fue una influencia decorativa: fue el espejo en el que Bono se miró para reinventarse sin dejar de ser quien era.
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